Últimamente me hago mucho esta pregunta. Y cuanto más observo lo que ocurre en redes sociales, más claro tengo que necesitamos hablar de ello.
¿Puede un surco nasogeniano restar credibilidad a una mujer? ¿Puede una arruga determinar si alguien es buena profesional? ¿Tener líneas de expresión significa que una persona no cuida su piel?
Para mí, la respuesta es clara: no.
Y, sin embargo, cada vez veo con más frecuencia cómo se utiliza el aspecto físico de otras mujeres para cuestionar su profesionalidad, su éxito, sus conocimientos o incluso su derecho a hablar de belleza. Se señala su rostro, se buscan sus arrugas, se analiza su cuerpo y, a partir de ahí, se pretende decidir si lo que dice merece más o menos valor.
Y creo que tenemos que empezar a preguntarnos qué estamos haciendo.
Porque no es algo nuevo. Las mujeres llevamos toda la vida recibiendo mensajes sobre cómo deberíamos ser, cómo debería ser nuestro cuerpo, cómo debería ser nuestro rostro y, sobre todo, cómo deberíamos envejecer. Lo que sí ha cambiado es la velocidad con la que esos mensajes se propagan y la facilidad con la que podemos convertir el cuerpo o el rostro de otra persona en un argumento para atacarla.

Y hay algo que me preocupa especialmente: muchas veces esos mensajes vienen de otras mujeres.
Estoy harta de tener que hablar de violencia estética.
La sufrimos cuando alguien utiliza nuestras inseguridades para sacar un rédito, pero también cuando alguien de nuestro entorno hace un comentario sobre nuestro cuerpo o nuestro rostro como si tuviera derecho a juzgarlo. Y no siempre se presenta como un insulto. A veces llega disfrazada de consejo, de preocupación o de una recomendación aparentemente inocente.
“Te has engordado”.
“Cuídate, que te estás dejando”.
“Esa arruga deberías corregirla”.
¿Cuántas veces hemos escuchado frases así?
Quizá nos hemos acostumbrado tanto a ellas que ya ni siquiera nos damos cuenta de lo que hay detrás. Pero detrás de un comentario aparentemente pequeño puede haber un mensaje enorme: que nuestro cuerpo está siendo observado, que nuestro rostro está siendo evaluado y que siempre hay algo que deberíamos cambiar para estar más cerca de ese ideal de belleza que alguien ha decidido por nosotras.
Y esto también ocurre con las arrugas.
Parece que hemos llegado a un punto en el que una línea de expresión necesita una explicación. Como si tener arrugas fuera sinónimo de haberse descuidado. Como si una mujer que trabaja en el mundo de la estética tuviera que demostrar su profesionalidad teniendo una piel sin una sola marca del paso del tiempo.
Y aquí es donde quiero reivindicar algo que para mí es fundamental: una piel cuidada no tiene por qué ser una piel sin arrugas.
Puedes cuidar muchísimo tu piel, protegerla del sol, utilizar cosmética, hacerte tratamientos, trabajar su calidad y prestar atención a sus necesidades y, aun así, tener líneas de expresión.
Porque cuidar la piel no significa borrar de nuestro rostro cualquier rastro del paso del tiempo.
Podemos trabajar nuestra piel y, al mismo tiempo, aceptar que envejece. Podemos querer mejorar determinadas cosas de nuestro rostro sin convertir cada arruga en un problema que debemos solucionar. Podemos decidir hacernos un tratamiento porque nos apetece y, de la misma manera, podemos decidir no hacerlo.
Las dos cosas son perfectamente compatibles con cuidarnos.
Lo importante es desde dónde tomamos esa decisión.
Si quieres tratar una arruga porque tú quieres, porque te gusta cómo te ves después o porque simplemente disfrutas cuidando tu piel, adelante. Pero si lo haces porque alguien te ha hecho sentir que esa arruga te hace menos atractiva, menos joven, menos profesional o menos válida, entonces creo que deberíamos detenernos un momento y preguntarnos qué nos está llevando realmente a hacerlo.
Porque el autocuidado debería nacer de la libertad, no de la inseguridad.
Y precisamente por eso me preocupa tanto cuando se utiliza el físico de una mujer para cuestionar su profesionalidad.
Tener signos propios del paso del tiempo no invalida absolutamente a nadie como profesional de la estética. Una arruga no dice cuánto sabes. Un surco nasogeniano no habla de tu formación. Las líneas de expresión no determinan tu experiencia ni tu capacidad para cuidar una piel.
Nuestro conocimiento no está en nuestro rostro.
Está en nuestra formación, en nuestra experiencia, en nuestra manera de trabajar, en cómo escuchamos a las personas que confían en nosotras y en la responsabilidad con la que hacemos nuestro trabajo.
Creo que nuestro sector necesita precisamente eso: profesionales que demuestren que una piel cuidada no es necesariamente una piel sin arrugas. Profesionales capaces de hablar de belleza sin generar miedo. De acompañar a una persona sin hacerle sentir que hay algo malo en su rostro. De ofrecer opciones sin convertir sus inseguridades en una herramienta de venta.
Porque cuando alguien trabaja con nuestra imagen, le estamos dando acceso a algo muchísimo más delicado que nuestra piel: nuestra autoestima.
Y eso es algo que nunca deberíamos olvidar.
Por eso, cuando elegimos a un profesional, creo que es importante informarnos muy bien. No solamente sobre el tratamiento que nos vamos a realizar, sino también sobre la persona que tenemos delante, sobre su manera de entender la belleza y sobre el mensaje que transmite.
Porque no solo estamos confiando nuestro rostro.
También estamos confiando cómo queremos sentirnos dentro de él.
Yo quiero una estética en la que podamos cuidar nuestra piel sin tener que odiarla primero. Una estética en la que podamos hablar de envejecimiento sin tratarlo como algo que hay que combatir a cualquier precio. Una estética en la que una mujer pueda decidir qué quiere hacer con su rostro sin tener que justificarlo ante nadie.
Y, sobre todo, quiero que dejemos de utilizar el cuerpo o el rostro de otras mujeres como un arma.
Porque hacer de menos a otra mujer por sus condiciones físicas no dice absolutamente nada de ella, pero sí muchísimo de quien lo hace.
Quizá el verdadero reto de la belleza no sea conseguir que nadie sepa nuestra edad.
Quizá sea conseguir que dejemos de pensar que nuestra edad, nuestras arrugas o nuestro cuerpo dicen cuánto valemos.
Porque una arruga puede formar parte de nuestro rostro. Puede hablar de nuestra edad, de nuestra genética, de nuestros gestos, de nuestra historia.
Pero nunca debería decidir cuánto valemos.
Con Cariño
Jenifer Alonso
Experta facialista


