Hay experiencias que una piensa que solo les pasan a los demás

Hasta que un día reservas una villa vacacional preciosa, llegas, ves aquellas vistas y piensas que te esperan unos días maravillosos.

Pues no.

La primera y única noche ya fue rara.

De esas noches en las que duermes regular y tienes la sensación de que hay algo extraño en la habitación. Mi pareja incluso hablaba en voz alta medio dormido porque decía que sentía como si hubiera alguien dentro de la casa.

Yo, que soy bastante poco amiga de las historias paranormales, pensé que simplemente habíamos dormido fatal.

El fantasma, efectivamente, existía.

Pero medía unos cinco milímetros y tenía seis patas.

A la mañana siguiente me levanté con alguna picadura muy pequeña. Nada especialmente escandaloso. Algún puntito rojo en la cara, alguna lesión en el cuerpo… y durante unos minutos pensé que podía ser perfectamente un mosquito.

Incluso le eché una buena bronca a Sergi, pensando que las picaduras eran consecuencia de que hubiera dejado una ventana abierta.

Vivíamos en la inocencia.

Porque, según fueron pasando las horas, empezaron a aparecer más y más lesiones. Y las que al principio eran pequeñas comenzaron a inflamarse muchísimo.

Cara, cuello, brazos, piernas, cuerpo…

Aquello iba creciendo por momentos.

Y aquí empezó mi faceta CSI.

Levanté la ropa de cama, miré el colchón, levanté la funda y ahí estaban.

Chinches.

Y no una chinche despistada que hubiera decidido pasar el fin de semana con nosotros.

Unas cuantas.

Marrones, visibles cuando sabes lo que estás buscando y acompañadas, además, por esos pequeños puntos negros que dejan alrededor, que son restos de sus deposiciones.

Una fantasía.

En ese momento recogimos nuestras cosas y nos fuimos de la villa. Tuvimos que poner en marcha todo un programa de desinfección: tirar algunas prendas, meter otras cosas en el congelador y buscar otro sitio donde alojarnos sin riesgo de llevarlas con nosotros.

No hubo segunda noche ni posibilidad de “vamos a ver qué pasa”. Con lo que había debajo de aquella funda, yo ya había visto suficiente.

Lo curioso es que muchas veces pensamos que una infestación de chinches tiene que ser evidentísima nada más entrar en una habitación, y no necesariamente. Son pequeñas, se esconden en costuras, pliegues, estructuras de cama y recovecos durante el día, y suelen salir cuando estamos durmiendo.

Aunque también pueden dejar un olor extraño y desagradable. Yo lo había notado, pero pensé que era humedad.

Nos devolvieron el importe del alojamiento, pero los gastos derivados de aquella aventura corrieron por nuestra cuenta.

Farmacia, antihistamínicos, tratamiento tópico con corticoide para controlar la inflamación y todo el proceso posterior.

Porque la picadura, en mi caso, fue solamente el principio.

Mi piel hizo una reacción inflamatoria bastante importante y algunas lesiones llegaron a ponerse tremendamente rojas, calientes e hinchadas.

Y aquí viene la parte que, como facialista, me preocupaba casi más que la propia picadura.

La mancha.

Cuando una piel sufre un proceso inflamatorio importante, el problema no termina necesariamente cuando desaparece el picor.

Primero tienes la lesión roja e inflamada.

Después, la inflamación empieza a bajar.

Y entonces, en algunas pieles, aparece esa maravillosa segunda parte del espectáculo llamada hiperpigmentación postinflamatoria.

La lesión que antes estaba roja empieza a quedarse marrón, grisácea o incluso muy oscura, casi negra.

Y no, no significa que la piel esté empeorando.

Es pigmento producido como respuesta al proceso inflamatori que acaba de vivir.

Por eso, una de las peores cosas que podemos hacer en este momento es tener prisa.

No puedo ver una mancha recién formada y lanzarme inmediatamente con todo el arsenal despigmentante.

Primero tiene que desaparecer por completo la inflamación.

La piel tiene que cicatrizar.

Tiene que recuperar su función barrera.

Y tiene que pasar por sus propios procesos de renovación.

Mientras tanto, protección solar casi obsesiva.

Y cuando digo protección solar no hablo únicamente de poner un SPF por la mañana y olvidarse.

Hablo de proteger esas zonas del sol, reaplicar la fotoprotección, buscar sombra y, cuando sea posible, cubrir físicamente las lesiones.

Porque una hiperpigmentación postinflamatoria expuesta repetidamente a la radiación ultravioleta puede intensificarse muchísimo y convertirse en una mancha mucho más persistente.

Y cuando la piel ya está completamente cicatrizada, no queda inflamación y, además, disminuye la intensidad solar, entonces sí podemos empezar a trabajar progresivamente con activos despigmentantes y renovadores adaptados a esa piel.

Pero eso lleva tiempo.

La piel no entiende que tú tienes prisa.

Ni que tienes eventos.

Ni que tienes una grabación.

Ni que, casualidades de la vida, pocos días después tú tenías que aparecer delante de una cámara.

Ella solamente sabe que ha sufrido una agresión y está intentando repararse.

Y después de todo aquello empecé a investigar bastante más sobre las chinches y entendí por qué últimamente se habla tanto de ellas. Tienen una capacidad extraordinaria para proliferar y para desplazarse con nosotros en maletas, ropa y equipaje.

Vamos, que puedes reservar una villa con unas vistas maravillosas y volver de vacaciones con una formación acelerada en entomología, lavandería industrial y dermatología inflamatoria.

Todo incluido.

La buena noticia es que mi piel fue bajando la inflamación poco a poco.

La no tan buena es que las manchas todavía necesitan su tiempo.

Así que ahora me toca exactamente lo mismo que tantas veces les digo a mis clientes.

No correr.

Proteger.

Dejar reparar.

Y tratar cuando la piel esté preparada.

Porque, incluso sabiendo muchísimo de piel, tu piel sigue siendo piel.

Y hace lo que le da la gana.

Con cariño,

Jenifer Alonso
Experta facialista